Thematic Social Forum on Mining and Extractivism to be held 16-20 October 2023 in Semarang, Indonesia

Colombia – La Marcha Carnaval en el Tolima

Un relato de resistencia pacífica y conciencia territorial

 

A lo largo de los años, la Marcha Carnaval en

Defensa de la Vida, el Agua y el Territorio, se

consolidó como una movilización paradigmática

que da fuerza a las expresiones artísticas, lúdicas

y culturales que rechazan la política extractivista

que se impone desde el Gobierno Nacional, bajo

el nombre de la locomotora minero-energética.

Es una movilización pacífica que tiene como

propósito generar conciencia ambiental sobre

los daños ambientales del extractivismo en las

regiones.

La movilización es liderada por el Comité Am-

biental en Defensa de la Vida y se celebra anual-

mente en el Día Internacional del Ambiente.

Es un proceso de acción colectiva que aplica el

principio de la no violencia y la construcción de

poder popular.

Es un espacio donde el arte, la música y la di-

mensión estética se manifiestan en su mayor

expresión, en defensa del agua, la vida y el te-

rritorio, haciendo frente a la cultura de muerte,

la contaminación, el saqueo y el despojo que

genera el extractivismo. La Marcha Carnaval

demuestra cómo la comunidad puede defender

los territorios con creatividad y la determinación

inquebrantable de quien sabe que la vida es sa-

grada.

Aunque se erigió como una acción de rechazo al

megaproyecto minero de la AngloGold Ashanti

–AGA– (una amenaza a gran escala contra el co-

razón del Tolima), sus ejercicios de movilización

y generación de conciencia ambiental se expan-

dieron a otros municipios del Tolima y Colom-

bia que se encuentran afectados por conflictos

socioambientales similares, convirtiéndose en

un espacio de expresión cultural, pedagogía y

articulación de diversos sectores sociales en pro

del cuidado de la vida.

El alcance de estas movilizaciones ha sido no-

table en términos de participación e impacto

político y territorial. En su trayectoria, las mar-

chas muestran un crecimiento exponencial que

superan barreras geográficas y sociales. Esta ex-

pansión demuestra la capacidad de las organiza-

ciones ambientales para generar una propuesta

atractiva de movilización que se concentra en la

defensa del agua y la vida, configurándose como

un referente de resistencia frente al modelo de

extracción en Colombia.

Uno de los aspectos más significativos de estas

movilizaciones es la participación plural de múl-

tiples grupos sociales. La Marcha Carnaval ha

logrado convocar a una amplia gama de sectores

sociales: campesinos, sindicatos, estudiantes de

colegios y universidades, indígenas, profesores,

barras deportivas, y hasta actores y partidos polí-

ticos que manifiestan sintonía con el rechazo a la

minería contaminante y el daño ambiental.

Esta diversidad de actores, con afinidades ideo-

lógicas distintas, ha reforzado el proceso de ar-

ticulación social, resaltando que la defensa del

territorio no se basa únicamente en argumentos

técnicos o ambientales, sino que se enraíza en

las concepciones de la ecología política, el cui-

dado del agua, la vida y el derecho colectivo al

ambiente sano.

Así pues, la defensa del territorio se convierte en

una bandera central que permite generar propósi-

tos comunes en pro de la defensa y consecución

de los derechos humanos, la autonomía local y

la soberanía alimentaria. Al centrar la lucha en

temas como el agua y la defensa de la vida, se ha

logrado establecer un propósito común que une a

la comunidad, más allá de sus diferencias.

El carácter pacífico, festivo y cultural que ha ge-

nerado la Marcha Carnaval, le permitió fortale-

cer al movimiento ambiental regional en su legi-

timidad y capacidad de convocatoria. Al emplear

creativas expresiones artísticas, se ha logrado

transmitir un mensaje de defensa territorial de

manera accesible y atractiva, que permite impac-

tar e integrar múltiples grupos sociales. En un

mundo acostumbrado a resolver conflictos con

la violencia, el Comité Ambiental en Defensa de

la Vida consiguió gestar un proceso que puede

resolver disputas pacíficamente.

La Marcha Carnaval nos enseña que el diálogo

y la organización popular, complementados por

la formación ambiental, son herramientas pode-

rosas para generar cambios sociales. Esta es una

movilización que apela al crecimiento ético, in-

telectual, de conciencia, junto a la unión de las

comunidades como herramientas para ejercer los

procesos de defensa territorial

La movilización de la conciencia ambiental

La Marcha Carnaval se complementa con un

proceso de formación académica denominado

“Diplomados de Formación Ambiental”, que son

desarrollados de manera conjunta por el Comité

Ambiental en Defensa de la Vida, la Universidad

del Tolima, la Corporación SOS Ambiental, en-

tre otras organizaciones sociales.

Este programa de educación popular aborda te-

máticas como los efectos negativos del extracti-

vismo, la ‘triple’ crisis ambiental, la transición

socio-ecológica, la agroecología y la ecología

política, con lo cual se ha logrado elevar el ni-

vel de conciencia ambiental de cerca de 20 mil

personas, entre los años 2013 y 2025, de manera

gratuita.

El primer nivel de los diplomados se denomi-

na: “Gestión ambiental y territorial”; el segundo

nivel del diplomado, que inició en el año 2014,

se llama “Análisis territorial, conflictos ambien-

tales y movimientos sociales”; y el tercer nivel

fue titulado “Naturaleza y cultura, retos sociales

para la construcción de liderazgos territoriales”.

La oferta educativa tiene el propósito de incen-

tivar un liderazgo transformador, a través de la

incidencia política institucional y con ello forta-

lecer la movilización, el diálogo argumentado y

la participación en escenarios de decisión y res-

ponsabilidad política institucionalizada. Lo an-

terior ha permitido fortalecer la legitimidad del

movimiento, lo cual asegura una movilización

informada y consciente.

Es de resaltar que el Comité Ambiental en De-

fensa de la Vida, en conjunto con las diversas

organizaciones socioambientales que participan

de la Marcha Carnaval, han avanzado en la cons-

trucción de una cultura de movilización perma-

nente que ha perdurado por 15 años.

Este ejercicio de permanencia en el tiempo, ha logrado promover un avance cultural en la defensa del agua, la vida y los territorios como bienes comunes naturales, los cuales se encuentran en riesgo por la imposición de un modelo extractivista y centralista que desconoce los derechos de las comunidades y la naturaleza. Las organizaciones son conscientes que es gracias a la capacidad de movilización, formación y organización popular que se avanza con solidez en la exigibilidad de derechos. Esta perspectiva es consecuente con la tarea de promover mecanismos de poder social, en lógica de avanzar hacia modelos de sociedad más justos y democráticos.

La Marcha Carnaval y la participación ciudadana

La Marcha Carnaval en Defensa del Agua, la

Vida y el Territorio, es un testimonio de la de-

mocracia directa en las calles. Representa una

movilización pacífica, consciente y decidida de

diversos sectores de la sociedad, unidos por la

convicción de que el futuro se construye con

dignidad, respeto por la naturaleza y justicia so-

cioambiental. La marcha demostró que la paz

verdadera no es solo la ausencia de conflicto,

sino la armonía entre los seres humanos y el te-

rritorio que los sustenta. Es, en esencia, la paz

con la naturaleza.

Este compromiso se materializó en el acompa-

ñamiento a numerosas consultas populares en

todo el país. Estos mecanismos de participación

directa, impulsados por la ciudadanía, se convir-

tieron en herramientas esenciales para que las

comunidades pudieran decidir sobre su futuro.

El Comité Ambiental en Defensa de la Vida

acompañó estos procesos, brindando el conoci-

miento y la articulación necesarios para que las

voces locales fueran escuchadas y respetadas. El

éxito de estas consultas, que se ejecutaron en di-

versos municipios del país, es un testimonio del

poder de la ciudadanía organizada. Cada voto

fue un acto de soberanía, reafirmando el dere-

cho de las comunidades a proteger sus territorios

frente a la presión de los proyectos extractivos.

La labor del Comité Ambiental, en conjunto con la Marcha Carnaval y las consultas populares, ha demostrado que el fortalecimiento de la partici pación ciudadana es el corazón de la defensa territorial en Colombia. A través de la movilización y los mecanismos democráticos, las comunidades están construyendo un futuro más sostenible y armónico con su entorno.

Es así como se hizo acompañamiento a todas las consultas populares que se desarrollaron en Colombia contra proyectos extractivos. En el país, se lograron desarrollar exitosamente las siguientes:

En cada una de estas consultas, el rechazo a los proyectos extractivos minero-energéticos fue contundente. Aunque las comunidades implementaron diversas y complementarias acciones que les permitieron avanzar en sus procesos de defensa territorial, es menester resaltar que las consultas populares fueron una de las estrategias más importantes de estos procesos.

Sin embargo hay que advertir que las marchas carnaval fueron uno de los mayores procesos pedagógicos, de aula viva y de generación de conciencia ambiental, para fortalecer la participación ciudadana y el rechazo a los proyectos extractivos en Colombia.

La Marcha Carnaval, los Diplomados de Formación Ambiental, el trabajo político organizativo, la discusión académica y las consultas populares, son acciones en conjunto que permitieron el avance del proceso de defensa del agua, la vida, el territorio, y el derecho colectivo al ambiente sano que se forjo en el departamento del Tolima.

La Marcha Carnaval y la construcción de poder popular

La Marcha Carnaval tiene como propósito

central la construcción de poder popular, lo cual

se resume en la consolidación de autonomías te-

rritoriales, democracia participativa y la defensa

de los territorios frente al extractivismo. Esta

movilización no es solo una expresión de des-

contento, sino un acto deliberado para reclamar

el control sobre sus bienes comunes naturales y

el destino de las comunidades en su entorno.

Al confluir en las calles, diversos sectores de la

sociedad —desde campesinos, obreros, estu-

diantes, jornaleros, pescadores, desplazados,

vendedores ambulantes, trabajadores terce-

rizados, sindicalistas, funcionarios públicos,

comunidades indígenas, artistas, ambientalistas,

activistas sociales, comunicadores populares,

hinchas de fútbol, empresarios con identidad re-

gional, defensores de derechos humanos, líderes

comunales, lideresas del movimiento de muje-

res, comunidades de fe y espiritualidad, y ciu-

dadanía en general— demuestran una capacidad

organizativa y de articulación que trasciende las

diferencias individuales.

Este frente común, ha sido reconocido incluso

por instituciones como la Universidad del To-

lima, la Asamblea Departamental y el Concejo

Municipal de Ibagué, además de ser una mani-

festación palpable de indignación consciente, de

transformación con base colectiva, a través de

objetivos claros que desafían la narrativa oficial

y proponen un modelo de desarrollo alternativo.

La marcha, al exigir la protección del agua,

la vida y la soberanía, no solo busca frenar el despojo de los bienes comunes naturales y la privatización de servicios esenciales, sino que también sienta las bases para una gobernanza local más participativa y autónoma.

La lucha callejera es un testimonio elocuente de que la verdadera paz y los cambios sociales profundos emanan del pulso entre la ciudadanía organizada y las élites que detentan el poder. Frente a la amenaza de megaproyectos minero-energéticos, y la falta de democracia participativa, la Marcha Carnaval se erige como un espacio donde la voz del pueblo se amplifica, superando los discursos mediáticos y hegemónicos que, a menudo, invisibilizan las luchas sociales en las regiones.

En un contexto donde la protesta social es frecuentemente criminalizada, la persistencia, la pervivencia y la masividad de estas movilizaciones son esenciales para presionar por transformaciones estructurales que ninguna mesa de negociación puede lograr por sí sola.

Los manifestantes no solo defienden el territorio, sino que también reafirman su derecho a decidir sobre su futuro, consolidando así el camino hacia una democracia más inclusiva y una verdadera autonomía territorial, donde los bienes comunes naturales y la calidad de vida de sus habitantes son prioridad.

Breve sinopsis de las dieciséis versiones de la Marcha Carnaval

La Marcha Carnaval en Defensa del Agua, la

Vida y el Territorio nace el 5 de junio de 2011,

durante una mañana cargada de expectativas y

de dignidad popular. El país atravesaba uno de

los momentos de mayor expansión del modelo

extractivista, con la locomotora minero-ener-

gética del Gobierno Nacional en marcha, como

bandera de progreso.

En Cajamarca, la multinacional AngloGold

Ashanti ya había avanzado en la exploración del

proyecto La Colosa, con la promesa de conver-

tirlo en una de las minas de oro a cielo abierto

más grandes del planeta. Ante esa amenaza,

miles de campesinos, estudiantes, sindicalistas,

comunidades indígenas, artistas y ciudadanos de

Ibagué, decidieron salir a las calles para decirle

al país que el oro no valía más que la vida.

Ese día no hubo confrontación con los antimo-

tines. La orientación y espíritu de la Marcha

Carnaval era no caer en los espirales de violen-

cia y, en lugar de ello, hacer uso del arte y la

cultura como método de resistencia y defensa

territorial. Hubo disfraces, máscaras, compar-

sas, batucadas y muchas consignas. Fue una

movilización distinta, no solo fue un acto de

rechazo al extractivismo minero y a la presencia

de Anglogold Ashanti en Cajamarca y el Tolima,

sino también de creación colectiva.

Las calles se convirtieron en escenario de

encuentro social que transformó la protesta en

fiesta. En la primera Marcha Carnaval salieron

más de doce mil personas, las cuales caminaron

con el agua como bandera y con la vida como

horizonte. La semilla quedó sembrada, cada

año, en torno al Día Mundial del Ambiente, la

ciudadanía volvería a reunirse para reafirmar

el mandato popular de defender el agua y el

territorio. Aunque esa primera edición no tuvo

declaración política escrita, sí dejó un mensaje

que luego se convertiría en lema permanente: el

agua es sagrada y la vida no se negocia.

En octubre del 2011, la experiencia se repitió.

Nuevamente las calles de Ibagué se llenaron de

comparsas y de voces que denunciaban el riesgo

de la gran minería. La segunda Marcha Carna-

val consolidó la idea de que no se trataba de un

hecho aislado. La convocatoria fue mayor, los

medios de comunicación comenzaron a registrar

con más interés la protesta, y las comunidades

campesinas fortalecieron su articulación con

sindicatos, estudiantes y artistas urbanos. Aún

no se formalizaban las declaraciones anuales,

pero ya se percibía la necesidad de dejar testi-

monio escrito. En esa movilización el mensaje

central fue la denuncia de un discurso engaño-

so: la minería no traía progreso ni desarrollo,

sino contaminación, enfermedades, saqueo y

despojo.

La tercera Marcha Carnaval (2012) representó

un salto cualitativo. Por primera vez, el movi-

miento redactó y leyó una declaración pública,

que pasó a convertirse en tradición. El texto

denunciaba de manera contundente el carácter

devastador de la gran minería a cielo abierto y

proclamaba que el agua es un derecho colectivo,

no una mercancía. En la declaración se resaltó

la fuerza del poder popular, se afirmó que el

pueblo es soberano y que sus decisiones deben

ser respetadas por el Estado y por las multina-

cionales. También se advirtió sobre los riesgos

de criminalizar la protesta social y se insistió

en que la movilización debía mantenerse en el

marco de la no-violencia activa. La idea central

fue clara, los pueblos tienen derecho a decidir

sobre su destino.

En octubre del 2012, se realizó la cuarta Mar-

cha Carnaval, la cual expande sus fronteras. Ya

no era solo Ibagué el escenario, sino también

municipios como Líbano, El Espinal y Natagai-

ma. Incluso, otras ciudades del país comenzaron

a replicar expresiones similares. La declara-

ción de ese año puso el acento en un mensaje

pedagógico: “El agua vale más que el oro”. Se

insistió en que el discurso del desarrollo basado

en la minería era falaz y que la verdadera rique-

za del Tolima estaba en su vocación agrícola y

en su biodiversidad. La tarea era desmontar la

propaganda empresarial y reforzar la conciencia

ambiental a través del crecimiento intelectual,

ético y espiritual.

La quinta edición, en 2013, reunió a decenas

de miles de personas en un carnaval cada vez

más diverso. Ese año, se distribuyeron más de

cincuenta mil volantes en los que se explicaba

con cifras concretas el impacto ambiental de la

minería: un gramo de oro requería triturar una

tonelada de roca y consumir mil litros de agua

mezclada con cianuro. La declaración de 2015

fue mucho más política que las anteriores. No

solo se denunciaron los impactos ambientales,

sino que se señaló directamente al Presidente

de la República y al Procurador de turno, de

estar al servicio de las multinacionales y de la

economía extractivista que ponía en riesgo la

soberanía alimentaria y el derecho colectivo al

ambiente sano.

Se puso en evidencia la captura corporativa, la

cual pone en riesgo la soberanía nacional, las

bases del estado social de derecho, la participa-

ción ciudadana, y cómo estas acciones irregu-

lares de las empresas mineras generan actos de

corrupción y cooptación de las comunidades. La

idea central fue luchar contra la captura corpo-

rativa.

El momento coincidió con un hecho histórico:

la consulta popular del municipio de Piedras.

Allí la ciudadanía estaba siendo llamada a deci-

dir si aceptaba o no la instalación de una planta

de procesamiento de minerales. El 28 de julio

del 2013, el 96% de los votantes dijo “No”.

Fue la primera consulta popular de su tipo en

Colombia y su triunfo resonó a nivel nacional e

internacional. Piedras se constituyó en un ejem-

plo de esperanza para todo el país.

El 2014 fue un año de expansión de las luchas

ambientales. La sexta Marcha Carnaval no

solo tomó Ibagué como escenario de resisten-

cia, también se realizaron movilizaciones en

municipios como el Líbano, El Espinal, Arme-

ro-Guayabal, Bogotá D.C., y en los departa-

mentos de Nariño, Boyacá, Santander.

En el nivel internacional se realizaron concen-

traciones en Irlanda y Reino Unido. Hubo un

llamado al unísono: detener la implementa-

ción de los proyectos mineros que contaminen

suelos, aguas y aire; rechazar la imposición

de emprendimientos mineros en cabeceras de

cuencas, páramos, bosques de niebla y zonas

de producción agropecuarias; exigir el respeto

irrestricto por el derecho de las comunidades a

implementar consultas populares que permitan

la autonomía de los territorios y el ejercicio de

la democracia.

En la declaratoria se afirmó que entre, el oro

y el agua, preferimos el agua; frente al creci-

miento económico que beneficia a unos pocos,

preferimos el derecho colectivo a un ambiente

sano que nos beneficia a todos.

En la séptima Marcha Carnaval del 2015, se

denunció que el 53% del territorio de Ibagué

estaba bajo títulos mineros, una cifra alarman-

te que equivalía a dieciocho veces el área del

casco urbano. Se rechazó la represión contra la

protesta social y se recordó que el verdadero

sentido de la paz, en un país que avanzaba en

los diálogos con las extintas FARC-EP, debía

incluir la paz con la naturaleza.

El texto insistió en que no podía hablarse de

reconciliación mientras se permitiera a las mul-

tinacionales destruir páramos, ríos y montañas.

La idea central fue clara: la paz no será com-

pleta sin justicia ambiental. De igual manera, se

promovió el mensaje de repudio a las empresas

extranjeras que, mediante actuaciones corruptas

y dádivas, se aprovechan de comunidades vul-

nerables para construir un ambiente favorable a

sus proyectos extractivos.

La Marcha Carnaval de 2016 marcó un punto

de inflexión en la historia de las movilizaciones

por la defensa del agua, la vida y el territorio.

Las calles de Ibagué se desbordaron: más de

120.000 personas asistieron a la octava edición,

convirtiéndola en una de las movilizaciones

ambientales más grandes de Colombia.

No era ya solo un acto regional; la Marcha

Carnaval había alcanzado resonancia nacio-

nal. Campesinos de Cajamarca, estudiantes de

universidades públicas y privadas, sindicatos,

comunidades indígenas, colectivos artísticos,

barras futboleras y familias enteras se mezcla-

ron en un río humano que avanzaba al compás

de batucadas y tambores.

Ese mismo año, la campaña digital #Carnaval-

PorElAgua recibió un reconocimiento nacional

por su impacto en redes sociales. La Marcha

Carnaval ya no solo ocupaba las calles, también

había aprendido a disputar el sentido común en

el escenario digital. Los videos, ‘memes’ y foto-

grafías virales mostraban al país que en Tolima

la resistencia se vestía de carnaval.

En 2017, la historia alcanzó un nuevo clímax

con la consulta popular de Cajamarca. Durante

meses, los campesinos cajamarcunos habían

enfrentado presiones, amenazas y campañas

millonarias de la empresa minera AGA. Sin

embargo, el día de la votación, el resultado fue

abrumador: más del 97% de los votantes dijo

NO al proyecto La Colosa. La noticia recorrió

el mundo: era la primera vez que una comuni-

dad derrotaba en las urnas a una multinacional

minera de ese tamaño.

La declaración de la novena Marcha Carnaval,

celebrada ese mismo año, recogió esa victoria

histórica. El texto presentó a Cajamarca como

símbolo internacional de dignidad y resistencia.

Se afirmó que ningún proyecto extractivo podía

imponerse por encima de la voluntad popular,

y se reivindicó la consulta como ejemplo de

democracia directa. En un tono firme, se impul-

só la consigna de que el pueblo es el soberano y

que la voluntad popular es inapelable.

El 2018 estuvo marcado por la expansión de las

consultas populares. En Fusagasugá (Cundina-

marca), la ciudadanía votó masivamente contra

la minería. Sin embargo, las élites políticas y

empresariales comenzaron a maniobrar para

vaciar de poder estas herramientas.

La Corte Constitucional emitió la sentencia de

unificación SU095/18 que limitó la posibilidad

de seguir realizando consultas populares con-

tra proyectos mineros y petroleros. La captura

corporativa de la Corte desconoció el carácter

constitucional de estos mecanismos de partici-

pación ciudadana y aniquilaron la posibilidad

de resolver conflictos socioambientales a través

de vías democráticas.

La décima declaración de la Marcha Carnaval

denunció este retroceso. Señaló que desconocer

los mandatos ciudadanos era un atentado contra

la democracia participativa y que no se trataba

de simples trámites, sino de mandatos sobera-

nos que expresaban la voluntad de la ciudadanía

organizada. El texto advirtió que el Estado no

podía seguir ignorando al constituyente prima-

rio.

En 2019, el país estaba bajo el gobierno de

Iván Duque, cuyo Plan Nacional de Desarrollo

profundizaba la lógica extractivista y abría paso

al fracking como política de Estado. La undé-

cima declaración de la Marcha Carnaval fue

una respuesta frontal. Allí se denunció que el

modelo económico estaba sacrificando territo-

rios y comunidades en nombre del crecimiento

económico, y que se estaban privatizando y

contaminando bienes comunes como el agua. Se

denunció también la criminalización de líderes

ambientales y sociales. La idea central mani-

festaba que el desarrollo no puede medirse en

regalías que destruyen la vida.

Ese año, las calles volvieron a llenarse con mi-

les de personas. El carnaval seguía siendo espa-

cio de encuentro y de pedagogía popular. Cada

comparsa llevaba mensajes contra el fracking,

contra la megaminería y contra la corrupción

institucional. Los niños pintaban pancartas con

frases como “agua sí, oro no”, y los campesinos

recordaban que sin agua no hay alimentos. La

Marcha Carnaval seguía siendo un mosaico de

expresiones culturales unidas por un mismo

propósito.

El 2020 fue un año diferente, marcado por

la pandemia del COVID-19. El país entró en

cuarentenas prolongadas y las concentraciones

masivas fueron imposibles. Sin embargo, la

Marcha Carnaval no se suspendió. Se adaptó

al nuevo escenario, trasladando su fuerza a las

redes sociales y a espacios virtuales.

Se realizaron transmisiones en vivo, conversa-

torios digitales y campañas gráficas que man-

tuvieron viva la llama de la movilización social

y ambiental. Se señaló que la crisis sanitaria

tenía raíces en el mismo modelo depredador

que arrasa bosques, que desplaza comunidades

y que destruye ecosistemas. Recordamos que

muchas enfermedades emergentes están rela-

cionadas con la pérdida de biodiversidad y con

la explotación indiscriminada de la naturaleza.

La idea central fue: “Defender la naturaleza es

también defender la vida frente a las pandemias

globales”.

Aunque la gente no pudo salir a las calles, la

memoria colectiva de nueve años de marchas

permitió que la ciudadanía siguiera sintiéndo-

se parte de un proceso común. El carnaval se

mantuvo como símbolo de resistencia, aunque

en esa ocasión los tambores y las comparsas re-

tumbaron desde ventanas, balcones y pantallas.

El 2021, la décimo segunda Marcha Carnaval

encontró al país en medio de uno de los estalli-

dos sociales más grandes de su historia reciente:

el Paro Nacional. En las calles de Bogotá, Cali,

Medellín, y decenas de municipios, millones de

colombianos se movilizaron contra la reforma

tributaria, la violencia policial y la inequidad

social.

En ese contexto, la Marcha Carnaval también

se sumó, reafirmando que su lucha ambiental

era inseparable de la lucha por la justicia social.

La declaración se leyó entre banderas verdes

y pancartas que clamaban un “¡Basta ya de re-

presión!”. Se denunció el asesinato sistemático

de líderes ambientales y sociales, se rechazó la

brutalidad policial y se recordó que la defensa

de la vida incluye tanto a la naturaleza como

a quienes la protegen. El mensaje fue directo:

“No hay paz ni democracia posible mientras se

asesine a quienes defienden el agua y los dere-

chos de la tierra”.

Ese año, las comparsas carnavaleras hicieron

homenajes a los jóvenes caídos en las protestas,

y los tambores retumbaron con mayor fuerza en

un acto de duelo y de esperanza. El arte popular

se convirtió en memoria, y la Marcha Carna-

val se fundió con el espíritu del Paro Nacional,

ampliando su horizonte de lucha.

En 2022, el país continuaba sacudido por el eco

del estallido social. La decimotercera Marcha

Carnaval mantuvo su carácter de fiesta-resisten-

cia, pero con un tono más sombrío: las denun-

cias sobre la violencia estatal eran constantes.

La declaración reiteró que no podía hablarse

de transición energética ni de lucha contra el

cambio climático si al mismo tiempo se seguía

criminalizando a los defensores ambientales. Se

señaló que la democracia estaba en deuda y que

el pueblo no podía ser silenciado. El mensaje

central fue: “La justicia ambiental es insepara-

ble de la justicia social; no habrá paz si ambas

no avanzan de la mano”.

Ese año también se destacó la exigencia de fre-

nar el fracking y de proteger los páramos como

fuentes de agua. El carnaval volvió a ser peda-

gógico, máscaras de páramos andantes, disfra-

ces de gotas de agua y comparsas con mensajes

ecológicos recorrieron las calles de Ibagué. La

creatividad seguía siendo el lenguaje preferido

para expresar la indignación.

El 2023 trajo consigo la decimocuarta edición

de la Marcha Carnaval. El país vivía nuevos de-

bates con un Gobierno Nacional que llamaba a

la transición energética y el cuidado del planeta.

En el norte del Tolima, empresas como Miranda

Gold intensificaban sus proyectos, lo que hizo

evidente el riesgo sobre el río Saldaña y otras

cuencas hidrográficas.

La declaración denunció la presencia de esas

compañías y reiteró el rechazo al fracking y a

los monocultivos extensivos de aguacate Hass,

que estaban deteriorando suelos y fuentes de

agua sobre el municipio de Cajamarca y otras

regiones del país. El texto planteó como alterna-

tiva real la soberanía alimentaria y la agroecolo-

gía, recordando que sin campesinos y sin tierra

fértil no hay futuro. El mensaje central de la

movilización hacia énfasis en la vida campesina

y la agricultura sostenible como alternativas al

extractivismo.

Ese año, la Marcha Carnaval se volvió a expan-

dir hacia otras ciudades, y en redes sociales se

consolidó la idea de que el Tolima era un faro

de resistencia ambiental para todo el país. La

estética carnavalera, cada vez más elaborada,

convertía a Ibagué en escenario de arte popular

que trascendía fronteras.

El 2024 fue el año de la decimoquinta Marcha

Carnaval, y su declaración introdujo un giro

importante: la solidaridad internacional. En

medio de un contexto global marcado por gue-

rras, genocidios y desplazamientos, la Marcha

Carnaval expresó su apoyo al pueblo palestino y

a todas las comunidades del mundo que resisten

el despojo. El texto recordó que la defensa del

agua no conoce fronteras y que todas las luchas

por la vida están interconectadas. La consigna

fue clara y directa: “Defender el territorio en el

Tolima es también defender la dignidad de los

pueblos en cualquier lugar del planeta”.

Las comparsas de ese año no solo llevaron las

banderas del ambientalismo, también se agita-

ron los colores de Palestina, la Amazonía y de

los pueblos indígenas de otros continentes. La

Marcha Carnaval se convirtió en un espacio de

internacionalismo popular, donde se fortaleció

la idea que la justicia ambiental es también

justicia global.

El 6 de junio de 2025, bajo un aguacero impla-

cable, miles de personas marcharon en Ibagué

en la decimosexta edición. La lluvia, lejos de

ser obstáculo, se convirtió en símbolo, así como

el agua cae y da vida, también el pueblo se

mantiene en movimiento pese a las adversidades.

Los manifestantes coreaban: “Llueva o truene,

la marcha se mantiene”. La declaración fue

extensa, poética y precisa: se exigió al Gobierno

Nacional implementar de inmediato las consul-

tas populares de Cajamarca y Piedras, decretar

una moratoria minera y crear una Mesa Técni-

ca Intersectorial vinculante en el Tolima, con

participación decisoria de las comunidades. Se

denunció la corrupción de autoridad ambiental

Cortolima y su incapacidad para proteger

los ecosistemas; se reclamó protección para

el río Saldaña, ya reconocido como sujeto de

derechos; y se exigió frenar los monocultivos

extensivos y avanzar en la creación de Áreas

de Protección y Producción Agroalimentaria

–APPA–. También se pidió implementar pro-

gramas de educación ambiental y preparar una

Cumbre Ambiental por la Paz con la Naturaleza

para junio de 2026 en Ibagué.

La declaratoria resalta la idea del pueblo como

constituyente primario. Se exige aplicar la so-

beranía popular reconocida en el tercer artículo

de la Constitución Política de Colombia y se

exhorta al Estado a respetar sus derechos. En

el cierre, entre tambores, paraguas y consignas,

resonaba la declaratoria: “¡El agua no se vende,

se ama y se defiende!”.

Ese 2025, la Marcha Carnaval no solo reafirmó

su vigencia, sino que mostró que quince años de

resistencia habían construido una tradición cul-

tural, pedagógica y política que no se doblegaba

ante la represión ni ante la indiferencia institu-

cional. La lluvia ‘lavó’ las calles, pero también

pareció limpiar las dudas. El pueblo tolimense

había demostrado una vez más que la defensa

del agua es una causa que se mantiene viva, con

dignidad y alegría.